Cuando los líderes nos fallan

| February 6, 2015


“Todo el mundo es grandioso hasta que llegas a conocerlos”, dice el refrán. No recuerdo la primera vez que quedé decepcionado por alguna figura de autoridad, pero he vivido lo suficiente para saber que no será la última. Cuanto más nos acercamos a la gente, más probabilidades hay de que nos decepcionen en algún nivel. Lo mismo ocurre con los que lideran. Sea su esposo, su pastor, su jefe, o sus padres, a mayor proximidad, mayor se vuelve el pecado (o por lo menos así se revela).

Mi familia tiene una frase: “el mejor de los hombres sigue un hombre”. Esto significa que incluso aquellos que más admiramos son realmente solo hombres (o mujeres): seres humanos con una tendencia a cometer graves pecados, incluso pecados contra nosotros. Cuando me enfrento con este pecado, mi tendencia es a retirarme. Me has hecho daño, te dejo. Es más fácil. Funciona para mí. Me permite distanciarme del dolor, en lugar de enfrentarlo con la frente en alto. Me libera de tener que perdonar a la persona si no tengo que mirarlo a los ojos.

Pero ese no es el patrón de la Escritura.


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