Dolor | Reflexión

José Mendoza | February 19, 2016


1 Samuel 27 - 31 y 2 Timoteo 3 - 4

Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, vieron que había sido quemada; y que sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos. Entonces David y la gente que estaba con él alzaron su voz y lloraron, hasta que no les quedaron fuerzas para llorar.

(1 Samuel 30:3-4)

¿Alguna vez has llorado hasta que ya no has tenido fuerza para seguir haciéndolo? ¿Qué nos puede estimular un llanto desgarrador? Quizás, la pérdida de un ser querido, una mala noticia, el desengaño amoroso, el conocimiento de una enfermedad, y tantas otras cosas punzantes que pueden provocar un dolor agonizante en el alma que desemboca en el llanto desolador que no acepta consuelo.

Siempre la manifestación del dolor, nacido de una situación lamentable e intensa, genera un profundo respeto.  Justamente, hace muchos años atrás unos arqueólogos ingleses que se encontraban cavando en las arenas de Egipto, hallaron una tumba que había estado sellada durante cuatro mil años. La abrieron, y dentro de una cubierta exterior hallaron un pequeño ataúd de piedra cincelado con una gran delicadeza; sobre la tapa había escrito el nombre de una niña enterrada…


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