Un ingrediente faltante en la buena predicación

Kevin DeYoung | June 23, 2016


¿Qué hizo eficaz la predicación de Billy Graham? La respuesta de Grant Wacker a esa pregunta —en su muy amena biografía “America’s Pastor” (El pastor de América)—  tiene varios enfoques, pero su último punto fue el que llamó mi atención.

El efecto acumulativo [de la predicación de Graham] dejó su huella. Visitantes de todo tipo, incluyendo aquellos que conscientemente rechazaban el mensaje de Graham, hacían comentarios sobre su manifiesta sinceridad. Nadie dudaba de que él creía todo lo que decía, totalmente, sin reservas mentales. Ese rasgo era recurrente en incontables informes.

Y también lo era la impresión de que lo hacía sin esfuerzo alguno, como un atleta profesional que hace una jugada. Por supuesto que no carecía de esfuerzo, pero él lo hacía ver de esa manera. Los visitantes no sentían que él improvisaba o que no sabía qué decir o que no quería estar allí. En realidad, antes de que empezaran las campañas evangelísticas, él se preparaba con días o semanas de ejercicio físico, estudio y oración. Graham reconoció la tensión de hablar ante miles de personas; una tensión indudablemente intensificada por los micrófonos de radio y las cámaras de televisión que transmitían cada palabra y gesto a millones de…


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